Ese momento en que te das cuenta de que el abrazo no acobija, el alcohol no llena, el cigarrillo no calma tus nervios. Ese momento en que sabés que acostarse no es dormir, que escribir no le cuenta a nadie nada, que el día a día no es vivir, es durar. Ese instante en que te enterás de que si no hablás no te hablan, y si no te hablan no te ayudan, y te vas quedando solo, y llorás solo, y gritás solo, y podes cortarte hasta la carne de los brazos...solo, sin nadie.
El momento en que caés en cuenta de que tenes trece años y ya no esperás nada de nadie, y creés que nadie espera nada de vos, pero al mismo tiempo todos te demandan todo. Cuando ya no te das cuenta de si la sangre salió roja de tu boca o blanca de tu nariz. Cuando la garganta ya no quema y el pecho te exige toser constantemente. Entonces, solo entonces, sabés que hay que seguir aguantando, que algo va a mejorar, pero pasa un invierno, y el calor del estío sigue sin sacarte el frío. Pasa otro y la cosa va empeorando. Pasa el segundo verano, y ahí estás, por empezar tercer año, pero en tu cabeza no está salir a bailar, no están las chicas, no están los nervios de terminar el Ciclo Básico y elegir orientación. En tu cabeza lo único que hay es miedo, odio, dolor y desesperanza. Desesperanza porque tenés quince años y ya tosiste sangre, porque ya se te cerró la garganta y casi te ahogás entre tantos excesos, entre tanto insomnio. Vas por el tercer año de dormir cuatro, como mucho cinco horas por día, y cada mañana el cuerpo te duele más. Y las cosas no mejoran porque sí, pero en general no podés hacer nada para cambiarlas. Ya ni siquiera podés llorar.
Empezás a sentir...no, a saber que estás de sobra. No te querés matar, pero no te preocupás por seguir vivo. Tu vida fue marchitándose poco a poco, y vos solo atinaste a mirar.