El sol ya asomaba por el oeste para inundar Belvedere con sus brillos
jugosos. Los campos emanaban un verde desgastado proveniente de los pastos, que
se presentaban de forma irregular. En
algunos lugares parecían abundantes y en otros eran reemplazados por un
polvillo marrón y húmedo por el rocío de la mañana, que no parecía secarse
jamás.
El viento estaba embravecido. Al principio creí que era de esos vientos pasajeros pero luego noté que su destino estaba aquí. Las montañas parecían prohibirle el paso mientras éste buscaba herir, formar una grieta que le permitiera introducirse por completo en Belvedere.
En la cima de las montañas comenzaba el camino de los ríos de leche que reptaban recorriendo toda la pendiente hasta llegar al encuentro con los pastos, para allí formar un oasis.
Aquella mañana el cielo vestía un azul débil, aún esperaba que cayera la tarde y el sol lo bañara del un color que lo identificara.
Me encontraba en mi habitación. La luz tenue entraba por la ventana y alumbraba justo en la mitad de la cama. A la derecha, en la mesa de luz, reposaba un vaso. A mi izquierda, la ventana. Al frente se encontraba una biblioteca con varios estantes, la mayoría, vacíos. El resto no eran más que papeles y lapiceros. Atrás mío colgaba un calendario y todos los días tenían anotaciones, deberes.
Finalmente el viento atravesó las montañas. Pareció coincidir el instante en el que estas se distanciaron con el momento en el que el viento hizo su mayor esfuerzo por atravesarlas.
Los ríos cambiaron el curso. Violentamente descendieron a lo largo de las montañas. Acabando con el desértico paisaje, atravesaron todo el campo. Arrastraban consigo los oasis, los pastos, el rocío, provocando estruendos en todo belvedere. Parecía que hubiesen encontrado su verdadero sentido, su verdadera dirección, su verdadera fuerza. El suelo era tormenta.
El sol se ocultó casi por completo y el cielo se tiñó de gris con un dejo verde, se lo veía escandalizado, sin embargo sentía que ese color por fin lo representaba.
A los pocos segundos se oyó un grito, y comenzó a llover. Ahora el cielo también era tormenta.
Mi habitación comenzó a verse invadida por el agua, así que me quité las frazadas y puse mis pies sobre el suelo. No tuve tiempo de estirarme, me vi obligado a cerrar la ventana, las lluvias comenzaban a mojar mi cara. Caminé unos pasos y luchando contra el viento, que apenas me dejaba entreabrir los ojos, finalmente la cerré.
El viento estaba embravecido. Al principio creí que era de esos vientos pasajeros pero luego noté que su destino estaba aquí. Las montañas parecían prohibirle el paso mientras éste buscaba herir, formar una grieta que le permitiera introducirse por completo en Belvedere.
En la cima de las montañas comenzaba el camino de los ríos de leche que reptaban recorriendo toda la pendiente hasta llegar al encuentro con los pastos, para allí formar un oasis.
Aquella mañana el cielo vestía un azul débil, aún esperaba que cayera la tarde y el sol lo bañara del un color que lo identificara.
Me encontraba en mi habitación. La luz tenue entraba por la ventana y alumbraba justo en la mitad de la cama. A la derecha, en la mesa de luz, reposaba un vaso. A mi izquierda, la ventana. Al frente se encontraba una biblioteca con varios estantes, la mayoría, vacíos. El resto no eran más que papeles y lapiceros. Atrás mío colgaba un calendario y todos los días tenían anotaciones, deberes.
Finalmente el viento atravesó las montañas. Pareció coincidir el instante en el que estas se distanciaron con el momento en el que el viento hizo su mayor esfuerzo por atravesarlas.
Los ríos cambiaron el curso. Violentamente descendieron a lo largo de las montañas. Acabando con el desértico paisaje, atravesaron todo el campo. Arrastraban consigo los oasis, los pastos, el rocío, provocando estruendos en todo belvedere. Parecía que hubiesen encontrado su verdadero sentido, su verdadera dirección, su verdadera fuerza. El suelo era tormenta.
El sol se ocultó casi por completo y el cielo se tiñó de gris con un dejo verde, se lo veía escandalizado, sin embargo sentía que ese color por fin lo representaba.
A los pocos segundos se oyó un grito, y comenzó a llover. Ahora el cielo también era tormenta.
Mi habitación comenzó a verse invadida por el agua, así que me quité las frazadas y puse mis pies sobre el suelo. No tuve tiempo de estirarme, me vi obligado a cerrar la ventana, las lluvias comenzaban a mojar mi cara. Caminé unos pasos y luchando contra el viento, que apenas me dejaba entreabrir los ojos, finalmente la cerré.
Sol. Sol
oculto en las nubes. Nubes que dejan pasar
la luz y que entre sí se rozan como
campanas, siendo la humedad fría su melodía. Melodía que avisa; por más sol, la
clave es la lluvia.
Me levanté y con paso somnoliento me dirigí al balcón para absorber el aire virgen y fresco de la mañana.
Estaba por apoyarme en la baranda cuando
por un momento temí que el mármol
estuviera particularmente frío y
dejándome llevar por ese instinto, hice a un lado mi costumbre matutina
para dar paso a otras tareas.
En el piso inferior había olvidado mi lazo morado por lo que mi coquetería me llevó a la escalera y sin
En el piso inferior había olvidado mi lazo morado por lo que mi coquetería me llevó a la escalera y sin
apuro empecé a descender.
Ya había bajado
unos siete escalones cuando un golpe en el pecho me dejó sin aliento. Fue como
si una manada de hienas me quisiera empujar hasta hacerme chocar contra el
mirador que había evitado unos minutos antes. Poco a poco el dolor fue cesando
y luego de tomar aliento seguí en pos de mi objetivo. De pronto, fugaz y filosa
como un rayo, una ráfaga de viento cortó el tiempo y se desató la tormenta. El
lazo se impregnó de gotitas y gotitas, se inundó, se vistió de luto. Si
hubiese estado Rodolfo, ávido jugador de ajedrez, “jaque” hubiese dicho. Pensé en él, el día anterior, acostado en su
cama moviendo rápido los ojos y susurrando a duras penas: -veo la vida fulera.
Tenía que irme antes de que oscureciera así que lo besé rápidamente en la
comisura de sus labios y me fui. Y es que no pude buscarlo, viajar la escalera con el llanto empapándome el cuerpo, sólo di media vuelta, subí lo ya recorrido, abrí la puerta y me encerré para no salir.
¿Qué haría yo sin ese lazo, que a veces hasta sentía que era lo único que me ataba a ese suelo inestable, así cuadriculado blanco y negro, así de parecido a un tablero de ajedrez, juego que nunca entendí porque no tenía tiempo para jugar, y qué haría yo sin ese lazo?
Llora el cielo.
Graciela: Al fin pudimos encontrar los temas que queríamos tratar. Nuestra idea fue mostrar un mismo instante en tres personajes distintos, que sea el mismo en el que todo se condense, el momento que sus vidas esperaron para por fin identificarse. Los vimos a ellos realizando acciones que tengan relación con su personalidad y su conexión con el lugar. Rodolfo, el personaje más extremo, ha cuestionado todo hasta destruirlo, quedándose vacío y saltando al vacío.
La mujer, compañera de Rodolfo, cuestiona algunas cosas pero no llega a terminar con ellas y en el momento del quiebre decide encerrarse para siempre en una habitación.
El otro hombre se limita a describir sin verse afectado por los cambios y el paisaje de Belvedere. Correspondiéndose con su mirada objetiva y algo vacía, en el momento del salto la acción es tan ínfima e insignificante como un movimiento.
Belvedere también se halla a si misma en una tormenta. El lugar encuentra su identidad en la lluvia y el viento.
Tenemos algunas dudas que queremos plantearte.
- En el caso de la mujer no estamos completamente conformes con la acción que realiza (encerrarse), sentimos que no sabemos encontrar un punto intermedio entre la muerte, y un simple movimiento.
- Todavía no escribimos a Rodolfo, empezamos escribiendo esto:
''Me di cuenta, tal vez tardé demasiado. Estoy arriba, arriba
de todo, y ese todo se ve chiquito, en
realidad a nada se ve, lentamente dejé de ver,
o aprendí a ver el silencio, a ver el vacío.
Hace poco acabé con todo. Probé todo y todo sabe a nada.
Primero me hablaron del tiempo, que era dulce dijeron. Decidí saborearlo lentamente
hasta encontrar cual era el sabor que escondía. Apenas lo mastiqué creí que
estaban en lo cierto, que el tiempo sabía a azúcar.
Y más tarde probé a Belvedere, a sus puertas, cerradas siempre.
Ayer la degusté y no pude encontrarme ¿Si no hay tiempo, no hay juego? no puedo
acariciar la montaña, no puedo recostarme en el verde, no la entiendo y quiere
que la ame, no me entiendo y quiere amarme. y aunque no haya tiempo sigue
insistiendo que no alcanza y si no pasa el tiempo. Yo sí se jugar, y qué me
importa a mi si ella quiere hacerlo o no puedo embarrarme, no puedo salir.
Que mi cuerpo suena hueco, que el tiempo sabe a nada, que la tierra no se toca,
que el juego no se juega, que desde acá arriba se ve todo chiquito.''
Queremos mostrarlo escandalizado, cuestionando todo casi sin conectar las oraciones y los distintos conceptos. Sin embargo no encontramos el ''cómo'', nos cuesta encontrar las palabras, el orden (o desorden) que queremos que haya en esta parte del cuento. Queremos que dude del amor, del lugar físico, de las leyes que rigen Belvedere, del tiempo, de él mismo y sus propias leyes, pero no encontramos la forma.
Esperamos nos puedas dar una mano en las cosas que todavía tenemos inconclusas, gracias, nos vemos.
Sin mucha lucidez a esta altura del día y de la semana, voy a intentar tirar de algún hilo y ver si se puede entrelazar a lo que han tramado.
ResponderEliminarEn tanto a la mujer, quizás valdría que se encierre, además de en el espacio físico, en la repetición, casi como si fuera un muro más, de palabras. Podrían ser las ya dichas: "Qué haría yo sin ese lazo". La repetición la separaría y acercaría a Rodolfo
En cuanto a Rodolfo, prueben con la técnica del fluir de la conciencia.
El fluir de la conciencia sería una variante del monólogo interior en la que aflora el inconsciente, yuxtaponiendo imágenes y pensamientos íntimos, sensaciones y recuerdos, tal como se presentan en la conciencia (Marchese, 1978). En este caso, la construcción lingüística es más desarticulada en el aspecto sintáctico y semántico. Las asociaciones faltas de lógica, los enunciados incompletos, las formulaciones incorrectas se justifican.