lunes, 18 de junio de 2012

Paula Balbi, Agustina Treleani.


El lunes 25 de mayo Rodolfo saltó del mirador entendiendo que era la única salida. El sol ya asomaba por el oeste para inundar Belvedere con sus brillos jugosos. El verde tornasolado que emanaban los campos y los ríos de leche que descendían de las cimas de las montañas daban al paisaje cierto dejo alentador. Y en medio de todo ese oasis un hombre saltaba con los ojos bien apretados, jurándose a sí mismo volver a abrirlos.



La mañana antes del salto me levanté y supe que iba a ser un día gris. El tintineo que provoca el roce de las nubes siempre me avisó de la lluvia. Recién ahora recuerdo que era domingo. Después de peinarme, me dirigí al balcón para absorber el aire virgen y fresco de la mañana como suelo hacer, pero antes de llegar a la baranda temí por un momento apoyarme en ella sospechando que el mármol podía estar particularmente frío. Así que me dejé llevar por ese pensamiento y dejé a un lado mi costumbre matutina para dar paso a otras tareas.

En el piso inferior me había olvidado mi lazo morado, y mi coquetería me llevó al pie de la escalera. Cuando empecé a descender, me arrebató un golpe en el pecho que aumentó cada vez que pasaba de un escalón a otro. Era como si veinte hienas me quisieran empujar hasta hacerme chocar contra el mirador que había evitado unos minutos antes.



Los ríos comenzaron a presentarse con otro curso. Probablemente, cambiaron el lunes en que Belvedere se paralizó mientras nosotros intentábamos entender las señales que nos llegaban ese mismo día. El miedo, el odio y la angustia habitaron este lugar desde sus comienzos, buscando una grieta, una herida que les permitiera introducirse en él aunque ninguna pareciera tener el suficiente espacio para darles paso. Luego, como a veces en un instante se condensa todo, una revelación, sólo un salto, alcanzó para que la búsqueda finalizara y diera lugar a una nueva: la búsqueda de algo tangible que le permitiera existir en la torre. Y el martes 26 tomaron forma en un pequeño hombrecito de traje y mediana edad.

La razón por la que todos quedaron anonadados no fue porque volviéramos a ser ocho, eso era común. Siempre que alguien desaparecía repentinamente, era reemplazado de la misma forma. Pero Rodolfo no desapareció, Rodolfo saltó, y eso era de público conocimiento, hasta el por qué ya empezaba estar en la boca de todos. No era una desaparición cualquiera, y sin embargo había sido un reemplazo cualquiera pero cargado de sensaciones nunca antes experimentadas, al menos por mí.
Algunos decían que estaba senil, que después de recorrer durante meses toda la torre con un andar somnoliento tan particular, después de cambiar su mirada perdida por una movimiento rápido de ojos, después de cortar todo vínculo con nosotros, lo único que sucedía, decían, era que estaba volviéndose viejo. Nada estaba relacionado con su retorcida y laberíntica mente que le permitía cuestionar todo con una facilidad envidiable, claro que no podía ser ¿o alguien lo dudaba, acaso?




1 comentario:

  1. Muy buen manejo del discurso, pues entienden perfectamente a qué se refiere el uso estético del lenguaje. momentos de sensibilidad y belleza que conmueven.
    En cuanto a la historia, faltan hilos que entretejan a los personajes entre sí, que los ubiquen, quizás, en el exacto momento del salto y desarrollar un poquito más la excepcionalidad de la desaparición de Rodolfo. ¿Cuáles son las leyes que rigen este mundo?
    Próximo borrador el 6 de julio. Entrega final el 13.

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