miércoles, 1 de agosto de 2012

3° Borrador - Agustina y Paula

Desenlazo 

El sol ya asomaba por el oeste para inundar Belvedere con sus brillos jugosos. Los campos emanaban un verde desgastado proveniente de los pastos, que se presentaban de forma irregular. En algunos lugares parecían abundantes y en otros eran reemplazados por un polvillo marrón y húmedo por el rocío de la mañana, que no parecía secarse jamás.
El viento estaba embravecido. Al principio creí que era de esos pasajeros pero luego noté que su destino estaba aquí. Las montañas parecían prohibirle el paso mientras éste buscaba herir, formar una grieta que le permitiera introducirse por completo en Belvedere.
En la cima de las montañas comenzaba el camino de los ríos de leche que reptaban recorriendo toda la pendiente hasta llegar al encuentro con los pastos, para allí formar un oasis.
Aquella mañana el cielo vestía un azul débil, aún esperaba que cayera la tarde y el sol lo bañara de un color que lo identificara.
Me encontraba en mi habitación. La luz tenue entraba por la ventana y alumbraba justo en la mitad de la cama.  A la derecha, en la mesa de luz, reposaba un vaso. A mi izquierda, la ventana. Al frente se encontraba una biblioteca con varios estantes, la mayoría, vacíos. El resto no eran más que papeles y lapiceros. Atrás mío colgaba un calendario y todos los días tenían anotaciones, deberes.



Sol. Sol oculto en las nubes. Nubes que dejan pasar la luz y que entre sí se rozan como campanas, siendo la humedad fría su melodía. Melodía que avisa; por más sol, la clave es la lluvia.
Me levanté y con paso somnoliento me dirigí al balcón para absorber el aire virgen y fresco de la mañana. Estaba por apoyarme en la baranda cuando por un momento temí que el mármol estuviera particularmente frío y dejándome llevar por ese instinto, hice a un lado mi costumbre matutina para dar paso a otras tareas.
En el piso inferior había olvidado mi lazo morado por lo que mi coquetería me llevó a la escalera y sin apuro empecé a descender.
Ya había bajado unos siete escalones cuando un golpe en el pecho me dejó sin aliento. Fue como si una manada de hienas me quisiera empujar hasta hacerme chocar contra el mirador que había evitado unos minutos antes. Poco a poco el dolor fue cesando y luego de tomar aire seguí en pos de mi objetivo. De pronto, fugaz y filosa como un rayo, una ráfaga de viento cortó el tiempo y se desató la tormenta. El lazo se impregnó de gotitas y gotitas, se inundó, se vistió de luto. Si hubiese estado Rodolfo, ávido jugador de ajedrez, “jaque” hubiese dicho.  Pensé en él, el día anterior, acostado en su cama moviendo rápido los ojos y susurrando a duras penas: -veo la vida fulera. Tenía que irme antes de que oscureciera así que lo besé rápidamente en la comisura de sus labios y me fui.
Y es que no pude buscarlo, viajar la escalera con el llanto empapándome el cuerpo, sólo di media vuelta, subí lo ya recorrido, abrí la puerta y me encerré para no salir.
¿Qué haría yo sin ese lazo, que a veces hasta sentía que era lo único que me ataba a ese suelo inestable, así cuadriculado blanco y negro, así de parecido a un tablero de ajedrez, juego que nunca entendí porque no tenía tiempo para jugar, y qué haría yo sin ese lazo?
Llora el cielo, por más melodía, la clave es el llanto. Clave que avisa siendo la humedad fría su sol, sol oculto en las nubes. Nubes que dejan pasar la luz y que entre sí se rozan como campanas. Y qué haría yo sin ese lazo.


Lo que realmente me ataba aquí era el juego. Solía tenerlo completo: 2 reyes, 2 reinas, 4 torres, 4 alfiles, 4 caballos, 16 peones y un tablero que parecía encantador. 
Los destruí a todos. Primero a los caballos. No me costó, no me dolió. Continué jugando varios años. Luego los afiles empezaron a molestarme y los pisé hasta que la fractura fue irreversible. 
El destruir se hizo rutina, ya le encontraba el gusto a idear nuevas formas para echar abajo la madera tan atractivamente pulida y barnizada. Casi parecía linda, pero más tarde se hacía obvio que era sólo pino.
Ayer me encontré con el tablero y la reina. Nos miramos en una suerte de despedida. Jamás había aprendido a jugar, la reina. Sin el resto de las piezas era frágil, tanto que de un leve soplido el viento se la llevó.
Con respecto al tablero ya nada se deslizaba por sus cuadrículas y hasta él ya había perdido la gracia. Sin embargo lo traje conmigo hasta aquí. Esto no da para más. Probé y probé todo pero nada me nutrió, nada me hizo temblar. Me acuerdo del día que me hablaron de lo dorado que era el tiempo. Se miente, no hay tal brillo, más que esplendor tiene miedo y poco a poco se hace frío y cuando pasa eso se petrifica. miré y miré desde el mirador que se mira y vi que no veo lo que no se puede ver.
acá, ahora, ya nada me sostiene, no tengo suelo. arriba estoy y me devoraría todo en la punta como la de mi lengua que se ahoga y enreda en el grito de la vida misma, colándose entre los huesos vibrando las venas explotando el sollozo que agita las dudas y me crispa los pelos, brotándome. dejé de percibir o comencé a ver otras cosas como el silencio, el vacío, los espacios en .
fui desgarrando al amor hasta encontrarlo y ver qué escondía. apenas lo mastiqué: azúcar y placer. y más tarde miré a belvedere y la hundí con sus puertas siempre cerradas que no me dejaban encontrarme. no puedo acariciar la montaña, no puedo recostarme en el verde. yo sí se jugar, pero ya no encuentro un lugar para hacerlo mi cuerpo suena hueco el tiempo sabe a nada la tierra no se toca el juego no se juega. algo me tira y voy a ceder, que por un instante el cuerpo sea más liviano que el tiempo y quede suspendido en el aire y no haya tiempo y luego tampoco cuerpo. que yo me voy.

Cuando se alzó la tormenta el agua se filtró por las grietas que dividían el negro del blanco. Poco a poco la madera se volvía blanda, se desarmaba, lo desarmaba.
El tablero se desintegró. 

Finalmente el viento se coló entre las montañas, ya desgastadas por los esfuerzos y las hojas del calendario empezaron a levantarse. 
Los ríos cambiaron de curso. Violentamente descendieron a lo largo de las laderas arrastrando consigo los oasis, los pastos, el rocío, y atravesaron el campo provocando estruendos en todo Belvedere. Parecía que hubiesen encontrado su verdadero sentido, su verdadera dirección, su verdadera fuerza. El suelo era tormenta.
El sol se ocultó casi por completo y el cielo se tiñó de gris con un dejo verde. Aunque se lo veía escandalizado, sentía que ese color por fin lo representaba.
A los pocos segundos se oyó un grito y comenzó a llover. Ahora el cielo también era tormenta.
Mi habitación comenzó a verse invadida por el agua, así que me quité las frazadas y puse mis pies sobre el suelo. No tuve tiempo de estirarme, me vi obligado a cerrar la ventana, las lluvias comenzaban a mojar mi cara. Caminé unos pasos y luchando contra el viento que apenas me dejaba entreabrir los ojos, la cerré.


2 comentarios:

  1. ¿Es esta la versión final? Si lo fuera que carezca de título es un descuido grave, ya que así el cuento está inacabado, incompleto.
    Rever puntuación, construcción de algunos párrafos.

    Cierre definitivo de la actividad el 17 de agosto.

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  2. Desde lo estético, logran crear un mundo propio, con sus leyes y seres que no sólo lo ocupan sino que lo habitan. Muy interesante el tono, los matices de las voces, las imágenes, el uso del lenguaje, que sensiblemente van tejiendo la historia para disfrute del lector.
    Hicieron un muy buen trabajo ya en la primera entrega y supieron incorporar sugerencias y resolver las dificultades que iban apareciendo.
    Si bien es un muy buen texto, puede seguir reescribiéndose para conferirle más profundidad a los personajes y su vínculo; el peso del espacio y su rol de personaje.
    ¿Las tildes que faltan son adrede?
    Nota final: 8(ocho)

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