Abrió los ojos. Pestañeó. Bostezó mientras
se desperezaba y pestañaba nerviosa. En menos de un minuto ya estaba levantada
vistiéndose.
Desayunó un café negro sin azúcar y tres
cigarrillos. La casa era oscura y apenas entraba una pálida y mortecina
pantalla de luz. Reticente, se puso a escribir en la penumbra. El piso viejo de
madera sucia e hinchada sostenía hercúleamente el desorden y el polvo de años.
Un millar de muebles decoraban con su muerta inmovilidad el amplio espacio que
de otra manera permanecería vacío, hueco. Madera por doquier, papeles en todo
rincón. Papeles. Escritos a mano, impresos, recortados o arrancados de libros,
revistas, papeles amarillos del tiempo y la humedad. Papeles, y cenizas de
cigarrillo, y ahora las de uno más, mientras otro papel se cobraba la vida de
la última lapicera. Qué trágica ocasión. Qué tristeza. Qué pereza.
Tenía realmente muchas ganas de escribir,
pero salir a la calle estaba fuera de toda consideración, así que se resignó,
se levantó y abandonó la deprimente sala de estar-comedor-dormitorio. Caminó
las descascaradas paredes del largo pasillo, haciendo crujir las tablas del
piso al toque de cada planta de pie, hasta llegar al baño. Desmontó el jabonoso
espejo, rescató una sucia cucharita de alguna gaveta y se sentó en la tabla de
aglomerado inflado por el agua goteante del techo. Sacóse la vieja y
amarillenta remera, revelando una piel tersa, hermosa, y muy cansada. Debajo de
unos senos más bien pequeños, acorde a quien los lleva, huesudas costillas
surgían de un abdomen puramente dérmico. Los brazos finos y largos presentaban
marcas de todo tipo, la sangre seca se dibujaba en derredor de las heridas. En
el extremo más alejado de antebrazos tan delicados, tan quebradizos a la vista,
erguidas orgullosamente, dos deliciosas manos desamortajaban una cajita salida
de detrás del espejo con especial cuidado y serenidad, a pesar de un leve
temblor en el pulso.
Abrió los ojos. Pestañeó. Temblando en su
semidesnudez, se levantó, tomó el encendedor de dentro de alguna gaveta y
prendió dos cigarrillos antes de buscar abrigo. Se vistió un viejo buzo gris y
desayunó un café negro con mucho azúcar. Volvió al baño, mojo sus ojos, sus
marcados pómulos, su seca boca con agua helada, empapándose el cabello, que,
hermoso, dibujaba aún el laberinto del sueño. Enjuagó el negro de la cuchara y
volvió a montar el espejo, más esto no duró. Ni bien colocó el vidrio,
estirándose para asegurar la parte superior, vio su vientre debajo del buzo
levantado. El llanto más solitario, más profundo, más desgarrador atravesó toda
su columna en un escalofrío eterno, y escapó por unos ojos de agua. Se
arrodilló, se tumbó hacia un costado, abrazándose, y no pudo hacer más, no pudo
hacer menos que llorar, y llorar, y llorar, hasta caer desmayada.
Despertó un Jueves, sin cigarrillos, y
apenas pudo abrir los ojos. El piso del baño era frío, y estaba muy sucio. Las
baldosas abrazaban el polvo hasta congelarlo. A los tumbos se levantó, penetró
a través de un pequeño saloncito y llegó a la cocina casi vacía. Arrancó un
trozo de pan y tomó los últimos pedazos de carne seca. Comió desesperadamente.
Eructó todo el apresurado aire a medida que se servía un vaso del grifo y lo
bebía. Caminó el pequeño cuarto de persianas cerradas, recorrió el pasillo
arrastrándose en cada paso, alcanzó el ordenado caos de la habitación
principal, y, solo entonces, inspiró largamente, y exhaló.
Primero se sacó la ropa interior, una
pierna, luego la otra, sin sentarse. Acto seguido, se deshizo del buzo, y se
supo desnuda como nunca se había sentido. No era la ínfima brisa de aire
viciado entre sus piernas, impactando con delicadeza en sus senos, lo que
transmitía en sensaciones su desnudez. No. Era el baño.
Colocó el tapón. Abrió el agua caliente a
máximo, y un poco de agua fría. Vió su cadavérica sonrisa de resignación en un
reflejo obscuro, difuso, poco claro. Desmontó el jabonoso espejo una vez más, tal
y como lo había hecho antes.
Una pausa.
Cerró las canillas presurosamente, arrojó
el espejo al sucio y helado piso y se acostó en la bañera. La madera de la
puerta crujió en un amargo llanto. Pudo ver como un viento, casi una tempestad,
abría de par en par los ventanales de su salón y daba vida a la amarilla
colección de papeles que nunca nadie había leído jamás, haciéndolos volar en
busca de alguien que los encuentre, alguien que pose sus ojos, su vista y su
interés en ellos.
Recorrió con manos ciegas cada ápice de
piel. Sintió con las yemas de sus dedos su divinamente alborotado cabello, su
cara, hundida en la flacura, su largo cuello. Se acarició los hombros, los
brazos, los pechos. Apoyó sus palmas sobre los muslos y recorrió su
entrepierna, bajando hasta las rodillas, y luego a las pantorrillas, los finos
tobillos, los pies.
Una lágrima se deslizó desde el ojo
izquierdo. Sus bellas manos fueron las encargadas de ver la verdadera desnudez.
Fueron ellas las que subieron las piernas, las que se toparon con la infame
marca que subía desde el monte de venus hasta el ombligo. Fueron ellas las que
reposaron a los lados de las caderas, mientras lloraba, y dormía.
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