No sabían bien qué hora era, el tiempo era un punto neutro
en sus vidas que nunca les importo, cada paso que daban era el gustito del
futuro que olía a familia. Siempre frígidos y tranquilos, caminaban… En el
transcurso de los hechos, la pareja más feliz, sonreía, otra no quedaba. Quién
iba a saber que tanto tiempo sin verse durante el día, habría un lugar para
darse amor, aunque sean 2 minutos a reloj imaginario, que a los golpes de la
vida, ellos le daban un abrazo. Fue así que poco a poco duró. Duró y nunca
acaba, como esa carta que se escribe con tanto empeño y deseo, que nunca acaba…
Muy pocos asomaron su cabeza, dando gestos de gratitud: “A ustedes dos, los felicito”.
Alientos humildes que sonaban de vez en cuando, no quedaba nadie en la ciudad,
solo ellos.
Noches furiosas,
dominadas por murciélagos malditos, embrujados por la corrupción y el desamor,
corrompían el sueño, imposibilitando el sufragio al futuro. Saltar, saltar y
saltar, piedra tras barrera, el viento a favor pero con marea, no hay lugar
para la suerte, o todo o todo.
Los dos, solitarios, en bicicleta iban. Pasto que veían, pasto
que se tiraban. Supongo que para apreciar el aire, el poco aire puro de la
ciudad. No sabía bien qué hora era.
Agotados de sudar, se empeñan en un techo. Reclutando la
energía podrida de adentro, la agitan para fuera, como si donaran su alma, solo
por un rato.
Bicicletas, techo, lágrimas y ganas de extrañar, se volvía
de metal la rutina, costaba cada día más conseguir el papelito con números, pero aun así, aparecía.
Fingiendo el abandono, un martes, temprano, debajo del techo
y al lado del pasto, “la pareja se destruye, ahora somos 3”
El desafió de la unión, era un tema nuevo. El sacrificio
sería más grande, pero con mayor recompensa. Era una niña.
Ella, con una mano poesía y con la otra felicidad. Él, con
una mano monedas, con la otra herramientas y los pies acoplaron: no te desvanezcas.
La dulzura amanecía por arriba del techo, golpeando el
pasto.
No sabían bien qué hora era, han pasado tres años, el techo
gastado, aguantando noches de aires congelados, soles inmortales que no paraban
de brillar y el viento, inquieto, revoloteaba el pasto. La oscuridad
pronunciaba la despedida del hábitat, “váyanse, no me culpen, ahora son más”.
Techo nuevo, vida nueva. Vienen dos pequeños en camino.
Estructurando de a poco el desierto, uno del trío sacude la libertad de los
celos, la pequeña.
El aire, se convertía más agradable y suave, hay un parque
gigante detrás del techo. Ya no era un simple pastito el que recomponía el
alma.
Dificultosa la llegada de los dos pequeños, uno cae. Se
complica, el esfuerzo no alcanza, desaloja toda la voluntad en ella y en su
otra mitad. “A veces cuesta comprenderla,
señora naturaleza. A veces cuesta aceptarla, sea bienvenida” dijeron los
tres y aparece el cuarto.
Enojados, dan los buenos días al pequeño. Mientras un
angelito, vuela.
Un angelito que vuela y otro que me acompaña todos los días. Magalí.
ResponderEliminarNico, te conozco desde nuestros tres años. Me gustaria conocerte mas. Me gustaria conocerte. Conocer lo que se, por imaginarlo, que sos. Feliz la ocasión que nos ha vuelto a reunir
ResponderEliminarConmovedor recorrido que te trae y nos lleva con tus alas de estar en la vida.
ResponderEliminarPalabras después de tantas palabras; hojas de un árbol que ha echado raíces y vuelo de ramas; hojas que van a caer cada tanto con la forma de un recuerdo vago, una idea remota, una sensación que resulta familiar. Ojalá nunca te falten las palabras, pero, sobre todo la voz para oírte y seguir el rumbo de tu deseo.
"Que el día más triste de tu futuro no sea mayor a la felicidad del día más feliz de tu pasado.
Que nunca se te venga el techo encima y que los amigos reunidos debajo de él, nunca se vayan.
Que siempre tengas palabras cálidas en un frío anochecer,
Una luna llena en una noche oscura,
Y que el camino siempre se abra a tu puerta."
Graciela