sábado, 9 de noviembre de 2013



"Si tuvieras 80 años, o 90, y fueras a escribir tu autobiografía, ¿qué espacio le dedicarías a lo que pensaste o sentiste ante las candidaturas testimoniales pergeñadas allá lejos y hace tiempo por algún manipulador ebrio de poder y sus pequeños serviles? ¿Cuántas líneas le darías a la última crisis económica desatada por los mercados inmorales? ¿Qué cantidad de párrafos al mal humor terminal del desencajado que te tocó la bocina desde atrás porque no conducías a la velocidad de su ansiedad terminal? ¿Cuántos capítulos destinarías a la mala respuesta de alguien que nunca se amigó con la vida ni consigo mismo? ¿O a la lluvia que te impidió hacer el asado que soñaste durante toda la semana? ¿O a la rotura de la tetera que compraste en un shopping europeo? ¿O al corte de luz que te dejó sin ver el partido por la tele cuando ya te habías ubicado en tu sillón favorito? ¿O a la falla del servidor que te dejó sin Internet durante todo un día, boqueando como un pez fuera del agua? ¿O al avión que, una vez más, salió con dos horas de atraso? ¿O al vestido que se quemó al plancharlo? ¿O al mozo que tardaba una hora para traer cada cosa que le pedías? ¿O a la persona que te ilusionó con su labia y quedó en llamar y no llamó? ¿Dos líneas te parecen demasiado? ¿Una sola palabra dedicada a alguno de estos temas sería un exceso? ¿Por qué, entonces, ocupan ahora tanto espacio? Si querés que tu autobiografía hable del amor experimentado, del dado y recibido a través de hechos concretos, si querés que trate de los logros que le dieron sentido a tu vida, del capital afectivo que acumulaste, de las pequeñas acciones de las que fuiste testigo, receptor o actor y que mejoraron un poquito el mundo o la vida de alguien, ¿por qué no empezar a darles ya, desde hoy, en tu vida diaria, el espacio que unas cosas y las otras tendrán en ese texto que le dejarás al mundo?"


Un artículo de Sergio Sinay,

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